Llega el verano y parece que existe una especie de competición silenciosa por ver quién vuelve de vacaciones con el bronceado más evidente. Pasas varios días en la playa, ves cómo algunas personas cambian de tono durante el primer fin de semana y tú sigues igual que cuando llegaste. O peor: consigues pasar del blanco al rojo y del rojo otra vez al blanco sin encontrar ese dorado intermedio que estabas buscando.
La explicación no está en que estés haciendo algo mal. La capacidad de broncearse depende en gran medida de nuestra genética y del funcionamiento de los melanocitos, las células encargadas de producir melanina. Algunas pieles aumentan su pigmentación cuando reciben radiación ultravioleta y otras tienen una capacidad mucho menor para hacerlo. Y hay algo importante que recordar antes de intentar acelerar el proceso: el bronceado es una respuesta de defensa de la piel frente al daño provocado por la radiación UV, no una señal de que el sol le esté sentando bien.
Por qué no me pongo morena
La melanina
Para entender por qué algunas personas se broncean con enorme facilidad y otras apenas cambian de tono tenemos que hablar de melanina. Este pigmento contribuye al color de la piel, los ojos y el cabello y ayuda a proteger parcialmente las células frente a la radiación ultravioleta. Cuando nuestra piel recibe radiación UV, puede aumentar la producción y distribución de melanina como parte de su respuesta frente a esa agresión. Sin embargo, esa capacidad no es igual en todas las personas.
Tu fototipo puede explicar muchas cosas
Probablemente hayas escuchado hablar alguna vez de los fototipos cutáneos. Las pieles muy claras suelen quemarse con facilidad y pueden broncearse muy poco o prácticamente nada, mientras que los fototipos más altos tienden a adquirir pigmentación con mayor facilidad y presentan una mayor cantidad de melanina basal. Esto está determinado por factores genéticos. Así que, si llevas toda la vida intentando conseguir el mismo bronceado que tu amiga después de una semana de vacaciones, quizá el problema sea pensar que ambas pieles deberían responder igual.
Quemarte no hará que después estés más morena
Este es uno de esos mitos que merece desaparecer. Una quemadura solar es una lesión producida por un exceso de radiación ultravioleta. Ese color rojo no es el paso obligatorio antes de conseguir un bronceado espectacular.
Además de dolor, inflamación y descamación, las quemaduras solares contribuyen al daño acumulativo de la piel y aumentan el riesgo de cáncer cutáneo. Así que no, no deberías pensar “primero me pongo roja y después morena”.
¿El protector solar evita que te pongas morena?
No. Ningún protector bloquea el 100 % de la radiación ultravioleta. Utilizar un fotoprotector de amplio espectro y SPF alto reduce la cantidad de radiación que llega a la piel y, por tanto, también puede hacer que el bronceado aparezca de forma menos intensa. Pero ese es su trabajo.
Aplicarte menos protector, utilizar un SPF bajo deliberadamente o dejar de reaplicarlo para intentar broncearte más rápido significa aumentar el daño solar. El objetivo de la fotoprotección no debería ser encontrar la cantidad exacta de radiación que nos permita cambiar de color sin consecuencias.
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