Si últimamente has investigado tratamientos para mejorar la firmeza de la piel, probablemente hayas acabado encontrándote con una palabra: radiofrecuencia. Facial, corporal, monopolar, bipolar, fraccionada, con microagujas… Hay tantas versiones que entender exactamente qué estamos reservando en la clínica puede requerir prácticamente un pequeño máster. La buena noticia es que el concepto básico resulta bastante sencillo. La radiofrecuencia es una tecnología que utiliza energía electromagnética para generar calor controlado en los tejidos. En medicina estética se emplea, entre otras aplicaciones, para mejorar el aspecto de la flacidez, las arrugas y la textura de la piel. No plancha las arrugas, aunque el nombre pueda hacernos imaginar algo parecido. Lo interesante ocurre debajo de la superficie.
¿Cómo funciona la radiofrecuencia?
Al aplicar la energía sobre la zona que queremos tratar se produce un aumento controlado de la temperatura en las capas cutáneas donde actúa el dispositivo. Ese calentamiento provoca cambios en el colágeno existente y puede estimular procesos de remodelación y formación de nuevo colágeno.
Precisamente por eso se utiliza buscando una piel de apariencia más firme y tersa. Los resultados tampoco tienen por qué aparecer en cuanto bajamos de la camilla. Parte del efecto depende de procesos de remodelación del tejido que se desarrollan progresivamente. Nuestra piel, una vez más, se niega a trabajar con los tiempos de TikTok.
¿Para qué se utiliza?
En rejuvenecimiento facial, la radiofrecuencia se utiliza principalmente para abordar flacidez leve o moderada, pérdida de firmeza, textura y líneas finas. Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró mejoras en diferentes parámetros estéticos de rejuvenecimiento facial, aunque también señaló limitaciones metodológicas y diferencias importantes entre los estudios disponibles. Por eso conviene ajustar las expectativas. La radiofrecuencia puede mejorar determinados signos de envejecimiento, pero no consigue los mismos resultados que un lifting quirúrgico cuando existe una flacidez importante.
Tipos de radiofrecuencia
Este detalle es fundamental. Bajo el mismo nombre encontramos tecnologías diferentes. La radiofrecuencia puede ser monopolar, bipolar o multipolar, dependiendo de cómo se administra la energía. También existen tratamientos de radiofrecuencia fraccionada con microagujas, donde pequeñas agujas penetran en la piel y administran la energía a determinadas profundidades.
Y no debemos meterlas todas en el mismo saco. La radiofrecuencia con microagujas es un procedimiento más invasivo que la radiofrecuencia aplicada externamente. La FDA advierte que se han notificado complicaciones graves con determinados usos de estos dispositivos, entre ellas quemaduras, cicatrices, pérdida de grasa, daño nervioso y desfiguración. Por ello recomienda realizar estos procedimientos con profesionales sanitarios cualificados y con experiencia específica. Definitivamente, este no es el momento de sacar un aparato comprado por internet y pensar “¿qué podría salir mal?”.
¿Duele? ¿Necesita recuperación?
Depende muchísimo del dispositivo, de la intensidad y del tipo de radiofrecuencia. Los procedimientos no invasivos pueden provocar sensación de calor y molestias durante la sesión, mientras que técnicas como la radiofrecuencia con microagujas pueden requerir anestesia tópica y producir posteriormente enrojecimiento, inflamación o sensibilidad. El número de sesiones tampoco es universal. El dispositivo utilizado, la zona, el objetivo y las características de cada paciente determinarán el protocolo.
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