Cuando se habla de maquillaje y formas de rostro, muchas veces parece que hay reglas cerradas. Pero en realidad no va de cambiar tus facciones, sino de entenderlas y saber cómo trabajar con ellas. En el caso del rostro cuadrado, donde la mandíbula está más marcada y las líneas son más rectas, el objetivo suele ser suavizar y equilibrar, no ocultar.
A partir de ahí, el maquillaje se convierte en una herramienta para aportar dimensión y movimiento, sin recargar. Te contamos en el blog de Primor cómo hacerlo paso a paso.
Cómo es un rostro cuadrado
El rostro cuadrado suele tener proporciones bastante equilibradas entre frente, pómulos y mandíbula, con esta última más definida. Las líneas son más rectas y los ángulos más visibles.
Esto no es algo que haya que corregir, pero sí influye en cómo se aplican ciertos productos. La clave está en suavizar visualmente esas líneas y evitar acentuarlas más de lo necesario.
Este es el maquillaje que a los rostros cuadrados les sienta de diez
La base: piel ligera y bien trabajada
Antes de entrar en técnicas más concretas, hay algo que marca la diferencia: la piel. Una base demasiado pesada o mate puede endurecer más las facciones.
Lo que mejor funciona aquí son acabados naturales, ligeramente luminosos, que aporten frescura. La piel debe verse uniforme, pero no plana. Ese punto de luz ayuda a suavizar el conjunto sin necesidad de añadir más producto.
Contorno: menos marcado, mejor difuminado
El contouring puede ser útil, pero hay que aplicarlo con cuidado. En rostros cuadrados, no se trata de marcar más los ángulos, sino de suavizarlos. Lo ideal es aplicar el contorno de forma ligera en la zona de la mandíbula y difuminar muy bien para que no se vea una línea marcada. También se puede trabajar ligeramente en los laterales de la frente, pero siempre con un acabado muy integrado. Aquí el error más común es exagerar. Cuanto más natural se vea, mejor funciona.
Colorete: el punto que cambia todo
El colorete tiene más importancia de la que parece. Aplicarlo correctamente puede ayudar a romper la rigidez del rostro. En este caso, funciona mejor colocarlo ligeramente por encima del pómulo y difuminarlo hacia la sien, en lugar de hacerlo de forma horizontal. Esto crea una sensación más alargada y aporta movimiento. Las texturas en crema o acabados satinados suelen integrarse mejor y suavizar más el resultado.
Iluminador: en su justa medida
El iluminador ayuda a aportar dimensión, pero no conviene exagerar. Aplicarlo en puntos estratégicos como la parte alta del pómulo o el arco de la ceja puede equilibrar el rostro sin marcar demasiado las estructuras. La idea es añadir luz, no crear contraste fuerte.
Cejas: mejor suaves que muy definidas
Las cejas demasiado marcadas o angulosas pueden endurecer aún más las facciones. En este tipo de rostro, funcionan mejor las cejas con una forma más natural, ligeramente redondeadas o con un arco suave. Peinarlas y rellenarlas de forma ligera suele ser suficiente para enmarcar la mirada sin cargarla.
Ojos: aportar suavidad
En el maquillaje de ojos, las sombras difuminadas y los acabados suaves suelen ser la mejor opción. Los delineados muy rectos o gráficos pueden acentuar los ángulos del rostro, mientras que un delineado difuminado o ligeramente elevado ayuda a equilibrarlo. Las transiciones suaves entre tonos hacen que el resultado se vea más ligero y favorecedor.
Labios: equilibrio sin excesos
En los labios, no hay demasiadas limitaciones. Se pueden llevar tonos intensos o más naturales, pero conviene evitar contornos demasiado marcados o rígidos. Acabados cremosos o satinados suelen funcionar mejor porque aportan suavidad al conjunto.
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