Tener la piel muy blanca significa desarrollar ciertas habilidades antes que el resto. Detectar una terraza con sombra a veinte metros de distancia, saber exactamente cuánto tiempo puedes estar al sol antes de empezar a notar los hombros calientes o asumir que ese “solo vamos a dar un paseo” también requiere protector solar. Y después está la eterna conversación sobre el bronceado. Mientras algunas personas vuelven de un fin de semana con varios tonos más, las pieles más claras pasan del blanco al rojo sin detenerse demasiado en ese dorado intermedio que prometían las vacaciones.
Más allá de la estética, existe una razón para prestar especial atención a este tipo de piel. Una menor cantidad de melanina implica también una menor protección natural frente a la radiación ultravioleta. Esto hace que las pieles claras tiendan a quemarse con mayor facilidad y que sea especialmente importante reducir el daño solar acumulado. La solución, por supuesto, no consiste en evitar el exterior durante toda la vida, sino en aprender a protegerse y abandonar algunos hábitos que seguimos repitiendo cada verano.
Qué consejos le daría a las pieles blancas
Conoce cómo responde tu piel al sol
No todas las pieles blancas son iguales. Algunas se queman siempre y apenas se broncean, mientras que otras pueden adquirir cierto tono. Conocer cómo reacciona la tuya resulta útil para entender hasta qué punto necesitas extremar las precauciones.
El protector solar debería ser un básico diario
Aquí no existen demasiados atajos. Utiliza un fotoprotector de amplio espectro, que proteja frente a UVA y UVB, y con un SPF alto. Aplícalo generosamente sobre las zonas expuestas y presta atención a lugares que solemos olvidar, como orejas, cuello, escote, manos o nacimiento del cabello. Y recuerda que aplicarlo una vez por la mañana no siempre es suficiente. Si pasas muchas horas al aire libre, sudas o te bañas, necesitarás reaplicarlo.
No utilices menos cantidad para intentar broncearte
Es una estrategia bastante habitual y también bastante mala. Aplicar una capa mínima de protector o elegir deliberadamente un SPF muy bajo para “coger algo de color” reduce la protección y aumenta la cantidad de radiación ultravioleta que recibe la piel. Si tu piel tiene poca capacidad para broncearse, aumentar la exposición no va a cambiar su genética. Lo que sí puede aumentar es el daño acumulado.
Estar a la sombra también cuenta
La fotoprotección no empieza y termina en un bote. Buscar sombra, especialmente durante las horas de mayor radiación, permite reducir la exposición directa. Sombrillas, toldos y árboles pueden convertirse en grandes aliados durante los meses de verano.
Mantén una buena hidratación
Créeme, lo necesitas. La hidratante no tiene que ser demasiado sofisticada. Busca una fórmula adecuada a tu tipo de piel y capaz de mantener la barrera cutánea confortable. Ingredientes como glicerina, ceramidas y otros humectantes y emolientes pueden resultar interesantes. Y recuerda que tener la piel muy blanca no significa que tengas que tenerla seca de forma automática. Si es grasa, adapta la textura en lugar de eliminar la hidratación por completo.
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