En maquillaje, las tendencias cambian constantemente, pero algunas triunfan porque simplifican la rutina y ofrecen resultados naturales. Una de las más comentadas últimamente consiste en utilizar el bronceador como colorete. Lo que antes parecía una mezcla poco habitual ahora se ha convertido en un truco muy popular para conseguir un efecto saludable y luminoso.
La clave está en entender cómo aplicarlo y qué tonos elegir para que el resultado sea favorecedor. Porque no se trata de sustituir un producto por otro sin más, sino de adaptar la técnica para conseguir ese acabado de piel fresca que tanto se busca.
Por qué esta tendencia está triunfando
Durante años, el bronceador y el colorete han tenido funciones muy definidas. El primero aportaba calidez al rostro y el segundo daba color a las mejillas. Sin embargo, la tendencia actual hacia maquillajes más naturales ha difuminado esa separación.
Utilizar el bronceador como colorete permite crear un efecto más uniforme, como si el rostro se hubiera sonrojado ligeramente por el sol. El resultado suele ser más suave y menos marcado que con un colorete intenso.
El efecto sun-kissed: cómo usar el bronceador como colorete
Una de las razones por las que esta técnica se ha popularizado es el llamado efecto sun-kissed. Se trata de recrear el tono que adquiere la piel tras pasar un rato al sol. Es decir, cálido, ligeramente rojizo y muy natural.
Al aplicar el bronceador en zonas donde normalmente iría el colorete (como la parte alta de las mejillas) se consigue ese aspecto saludable que da la impresión de piel fresca y luminosa.
Elegir el tono adecuado
Es lo más importante. No todos los bronceadores funcionan igual para este truco. Los más adecuados suelen tener un subtono ligeramente cálido o rosado, ya que imitan mejor el rubor natural de la piel.
Los bronceadores demasiado oscuros o muy anaranjados pueden resultar poco naturales si se utilizan como colorete. En este caso, es mejor optar por tonos suaves que aporten color sin endurecer el rostro.
Cómo aplicarlo correctamente
La forma de aplicarlo marca la diferencia completamente. En lugar de concentrarlo únicamente en los pómulos bajos, como suele hacerse con el bronceador tradicional, se puede llevar ligeramente hacia la parte alta de la mejilla y difuminar hacia la sien.
El objetivo es crear una transición suave que conecte el bronceado con el rubor, evitando líneas marcadas. Cuanto más difuminado esté, más natural será el resultado.
Texturas que funcionan mejor
Las texturas en crema o en polvo fino suelen ser las más favorecedoras para esta técnica. Las fórmulas demasiado mates o densas pueden hacer que el acabado se vea más pesado.
Las texturas ligeras, en cambio, se integran mejor con la piel y ayudan a crear ese efecto natural que caracteriza a esta tendencia.
Adaptarlo a tu tipo de piel
Como ocurre con cualquier técnica de maquillaje, el resultado depende del tipo de piel. En pieles claras, conviene aplicar el producto con moderación y difuminar bien para evitar exceso de color.
En pieles medias o más oscuras, se puede trabajar con tonos ligeramente más intensos para mantener el equilibrio con el tono natural del rostro.
Más allá de la tendencia, utilizar el bronceador como colorete refleja un cambio en la forma de maquillarse. Las rutinas buscan cada vez más naturalidad, versatilidad y productos que cumplan varias funciones. Es decir, menos capas, más integración.
Google News