No siempre es el champú, ni la mascarilla, ni siquiera el tinte. A veces, el estado de tu cabello tiene mucho más que ver con algo tan básico (y tan poco cuestionado) como el agua con la que te lo lavas. El tipo de agua influye directamente en el brillo, la suavidad, el color y hasta en la salud del cuero cabelludo. Y aunque no siempre podemos cambiarla, sí podemos aprender a compensar sus efectos. Porque no todas las aguas son iguales y el pelo lo nota. Te contamos en el blog de Primor por qué.
Qué tipo de aguas hay y cómo afecta a nuestra melena
Agua dura: la más común (y la más problemática)
El agua dura es aquella con alta concentración de minerales, principalmente calcio y magnesio. Es muy habitual en muchas zonas y suele ser la principal responsable de que el pelo se sienta áspero, apagado o sin movimiento.
Estos minerales se adhieren al cabello y al cuero cabelludo formando una especie de película invisible que dificulta la penetración de los productos y hace que el pelo pierda brillo. En cabellos teñidos, además, acelera la pérdida de color y favorece la aparición de tonos anaranjados o apagados.
Para compensarla, es importante usar champús quelantes o purificantes de forma puntual, que ayuden a eliminar la acumulación mineral. También es clave reforzar la hidratación con mascarillas nutritivas y evitar el abuso de productos con demasiada proteína, que pueden endurecer aún más el cabello.
Agua blanda: más amable, pero no perfecta
El agua blanda tiene menos minerales y suele generar más espuma al lavar. A priori, es más favorable para el cabello, ya que no deja tantos residuos y permite que los productos actúen mejor.
Sin embargo, también puede hacer que el pelo se sienta más fino o con menos cuerpo, especialmente en cabellos delicados o con poco volumen. Al limpiar de forma más intensa, puede eliminar aceites naturales si se abusa del lavado.
En este caso, conviene usar champús suaves y no excederse en la frecuencia de lavado. Los productos texturizantes ligeros ayudan a devolver cuerpo sin apelmazar.
Agua con cloro: el enemigo silencioso
El cloro está presente tanto en el agua corriente como en piscinas y tiene un efecto claramente agresivo sobre el cabello. Resequedad, pérdida de brillo, encrespamiento y alteración del color son algunas de sus consecuencias más habituales.
En cabellos teñidos o decolorados, el cloro puede modificar el tono y volverlo más verdoso o apagado. En el cuero cabelludo, puede provocar sequedad o sensibilidad.
Para compensarlo, es fundamental aclarar bien el cabello tras la exposición y reforzar la hidratación. Los productos con ingredientes calmantes y nutritivos ayudan a restaurar el equilibrio perdido.
Agua caliente: confortable, pero dañina en exceso
Más allá de la composición, la temperatura del agua también influye. El agua muy caliente abre en exceso la cutícula del cabello, lo que facilita la pérdida de hidratación y debilita la fibra capilar.
Esto se traduce en un pelo más seco, encrespado y frágil, especialmente en cabellos rizados o tratados químicamente. Además, puede estimular en exceso el cuero cabelludo y favorecer la producción de grasa o la sensibilidad. Reducir la temperatura del agua, aunque sea solo en el aclarado final, ayuda a sellar la cutícula y mejorar el brillo.
Agua fría: aliada del brillo (con matices)
El agua fría ayuda a cerrar la cutícula, aportando más brillo y suavidad. También resulta beneficiosa para el cuero cabelludo sensible o con tendencia grasa.
Sin embargo, no limpia tan eficazmente por sí sola, por lo que no sustituye al lavado habitual. Usarla como último aclarado es suficiente para aprovechar sus beneficios sin incomodidad.
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